Pulp y una noche de batalla Multi O

Retromanía al palo. El logo emblemático de los años noventa comienza a rayar el fondo negro del lugar. Y ahí sentimos, en el inicio de la noche, que todo Pulp está en la palabra Pulp. Temblamos. Posta. Son sólo cuatro letras en realidad led, pero bien grandes, bien usadas, y lo que ellas representan -historias personales, sueños cumplidos, sueños truncos, a medias, imaginación y fantasías- conforman la esencia de varias generaciones. Todo es un artificio, no lo negamos. La nostalgia y el recuerdo hacen lo suyo en nuestras cabezas, buscan argumentos para flaquearnos. Y no les cuesta mucho, no les cuesta nada lograrlo. De un nombre, de un símbolo, se hace carne la banda (esa que algunos esperaron más de 20 años) sobre el escenario del rico Luna Park, uno cargado de gloria, que nos empuja a la maldita evocación: “Cierto Pasado Pop se fue hace rato”. Sin embargo, enseguida lo vemos a él. Jarvis Cocker parece que no tiene fin, su cuerpo de 49 temporadas no le envidia nada al pibito hipster de ‘cuando todo era nada y nada era el principio’ en Sheffield, Inglaterra, a finales de los 70. Cocker está hablador. ¿Cuándo no  lo estuvo? ¿Leyeron sus letras? Su no-poesía nos ha marcado tanto, su no-poesía nos ha marcado el rumbo. Somos miles acá. Y miles más que siguen el show en streaming.  Mañana ¿Viene Pulp?, esa página creada para la ocasión, ya no tendrá sentido, nuestra espera tampoco, será una anécdota menor. ¡Estamos en la misma ciudad que Pulp, loco! En la misma cuadra. En el mismo aire. En el mismo Todo diminuto de nuestra existencia hermosa y sudamericana. Quizás las estrellas lo supieron y este encuentro sea lo que llaman destino. Quizás apenas seamos gente corriente con mucha, muchísima suerte.

Pero no importa qué sea. Estamos cebados. Culpa, en gran parte, de unos lásers que en el preámbulo del show nos habían escrito la pared: “Esto es emocionante”; “¿Están listos?”; “¿De verdad?”; “¿Quieren ver un delfín?” (sí, dos delfines meten sus narices en el campo, nuestra pecera); ¿Lo hacemos?”; “¿Sí o no?”. No podemos más, sí, queremos todo, ahora. No nos hagan esperar… y Do You Remember the First Time? es nuestra primera vez, para siempre. No habrá reclamo. Es linda y a los tumbos como la imaginamos. Jarvis, Candida Doyle, Nick Banks, Steve Mackey, Mark Webber y el nuevito Leo Abrahams se metieron en nuestra cama. Quieren guerra.

Decíamos: Cocker está hablador. También encantador. El tipo no para de leer pautas en argentino, un eslogan barrial tras otro. Ejemplos: “Vamos a sacarle el jugo a la noche”, “Esta es la verdad de la milanesa”, “Ustedes son pipí, cucú”. También está interactivo con nosotros. Nos tira chocolatitos, nos exige respuestas, nos arenga como un amigo. Más tarde le invitará una cerveza nacional a un común afortunado. Pero la lista de canciones sigue, esta vez con Pink Glove. Lo miramos sin temor, perdidos en lo que deba ser. En este Rey confiamos. Sobre el escenario, Su Majestad se mueve como un repositor colocado, bailando en espasmos el querido y viejo britpop frente a las góndolas. El rock es nuestro supermercado predilecto y Cocker repone los mejores productos. No podemos dejar de mirarlo, es largo por donde se lo mire y en esa longitud saborea cada movimiento, y canta a los gritos y canta bajito y gime las canciones de un tracklist perfecto. El mismo que anhelamos en marzo de 2008, en La Trastienda, cuando vino a presentar su debut solista junto al bajista Mackey y a otros buenos muchachos. Eso ya fue. Ahora la estamos pasando súper bien. ¿Recordar frustraciones? Preferimos coger. Y él lo sabe, nos da el gusto Multi O para el resto de nuestra historia. Nos analiza un toque y somos suyos. Es pélvico. Es Sandro. Somos sus nenas.

De los juegos de seducción, al enchastre de la carne. La sexo-perversión, las leyes de la batalla, aparecen con las hermanitas porno Underwear y This is Hardcore en versiones dirty, potenciadas con la entrepierna, de fiesta, hasta terminar en cuatro. No mentimos, acá hay fiesta. De la buena y de la mala. ¿O es que no hay una sin la otra? Acá se revolea la ropita y los cables, se está arriba, se salta de los parlantes-monitores, se está abajo, acá el tipo nos invita y el tipo no tiene moral, ni tiene mensaje, sin embargo nos lo da.

Son los Auténticos Diferentes. Desde el 95, desde aquel Different Class, lo vienen demostrando. Parece que nada ha cambiado y nos tiran en la cara Something Changed, que provoca otro maravilloso O colectivo. Y el pogo más hipster del mundo llega con Disco 2000. Ya estamos manchados-transpirados. No nos dan tregua. Nos mueven para acá, no mueven para allá: Sorted for E´s and Wizz / Sunrise (lo único que nos tocan desde We Love Life, disco producido por Scott Walker, un Auténtico Dark) /  “F.E.E.L.I.N.G.C.A.L.L.E.D.L.O.V.E / Acrylic Afternoons / Like a friend / Bar Italia. Soñar soñar ya no. Gemir gemir. Luego, el falso final. Para el pueblo lo que es del pueblo: Common People. Todo dicho. O casi. Porque faltaban Mile End (guardada en Trainspotting, el soundtrack de la peli) y Mis-Shapes como princesas asesinas en la primera tanda de bises.

Algo de amor y calma. A Little Soul, bela (re bella) + Help the Aged como un río tranqui y oscuro.

Live Bed show y ahora sí, el final de fiesta con más fiesta. Jarvis se hace el piola-vago desde el megáfono, y así, deforme, introduce el estribillo de Party Hard, otra más de This is Hardcore. La noche, afuera, aún tiene cuerda para rato, pero acá ya se dispersan los ruidos y la batalla, el placer común consumado es de todos (músicos y público), la victoria, después de tantos años imaginando, es sólo nuestra.

Por Martín Brossard

(Apoyo moral-profesional por la colega Laura Cohen)

Pulp /// Estadio Luna Park /// 21 de noviembre de 2012

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