Jack White en el Alexandra Palace de Londres (3 de noviembre)

Contundente-irrefutable-ganador. Y azul. Como el rock azul de su estupendo debut solista, Blunderbuss. El inicio perfecto para este nuevo camino con su nombre encabezando a pleno la cartelera de los recintos donde estaciona el peregrinaje. Y hoy decimos una antigua mansión bien metida en la noche fría de Londres. Y ahí estamos, sobre una colina, mirando el bullicio lejano de la ciudad como un enjambre de arañas brillantes, eléctricas. Y en el cielo, los ángeles rezongan los fuegos artificiales de un extraño ritual londinense que desconocemos. Pero no queremos saber al respecto. No no no. Sólo vinimos a ver al Señor Jack White.

Estamos en el Alexandra Palace, es sábado a la noche. White se apresta en el camarín, rodeado de rock, a cerrar el último de dos shows con tickets agotados. Mientras tanto The Kills le abre las piernas a la fiesta. El dúo chico-chica post punk es un temblor bajo nuestros pies. Jamie Hince y Alison Mosshart, jinetes bochincheros si los hay, no paran un segundo. Cuando terminan con lo suyo, igual queremos más. Todos vinimos a ver al Señor White, que al rato nos da el gusto y sube al escenario con su prestancia de cowboy galáctico imantando en el andar a las Peacocks, una banda de seis chicas, una especie de Meg White mutante cuyas extremidades son responsables de la percusión, el violín, el piano, el contrabajo, los coros y la slide guitar que lo secundan. Especulamos: quizás Jack, sumido en nocturnas pesadumbres, tuvo que armar este monstruo divino para olvidarse de su ex compañera, esa escolta callada y tímida que tanto ruido hacía tras la batería. Quizás exageramos, quizás no. ¿Qué tendrá para decirle un psicólogo a Jack? ¿Y a nosotros? No lo sabemos, ya no queremos saber nada al respecto, y tras nuestra breve digresión, el rock distorsión estalla en Dead Leaves And The Dirty Ground, canción fantasma guardada en el disco White Blood Cells. Ah, ahora sí. Todo el frenesí del espíritu White Stripes nos sacude la existencia. No es para menos, se nota que muchos de los presentes no vimos al dúo legendario sobre un escenario, así que esta es una lección de historia vivita y coleando.  Estamos emocionados.

Más canciones: Cannon, Missing Pieces y Cannon/John the Revelator. Sí, otra vez esa, un repeat inesperado. White está caprichoso, hace lo que más le gusta. Y nos canta y encanta. Se abandona, se trunca, se pone, se coloca. El tipo es un cable pelado bailando en el medio de la noche. El tipo es eléctrico por donde se lo mire, o se lo sienta. Nació para esto, para el rock, claro. Y para tocarnos el alma. Porque también tiene sus arranques de sutilezas al piano, a la guitarra acústica, entregado a la melodía, al mimo sonoro, ese que se ejerce despacito, suavemente. Pero cuando toca Hotel Yorba brota como un hongo atómico el pogo londinense. Cerramos los ojos, estamos en casa, en algún show en Buenos Aires, en Córdoba, o en Rosario, donde sea que haya rock. Y así va mechando versiones 2012 de los White Stripes con lo más destacado de su vida solista: Love Interruption, Weep Themselves to Sleep, Hypocritical Kiss y Hip (Eponymous) Poor Boy. Y no se olvida de sus proyectos paralelos, los tremendos súper grupos The Raconteurs y The Dead Weather, que rememora con Broken Boy Soldiers y Blue Blood Blues. Ya no hay dudas, si los chicos de The Kills son unos jinetes bochincheros, White y su monstruo mutante son un malón libertino y desenfrenado que arrasa con todo.

El concierto se cierra por primera vez con una versión destartalada de Ball and Biscuit. Ardemos. El tipo lo sabe y vuelve enseguida con Sixteen Saltines y Steady As She Goes, hits perfectos para coquetearnos, para ponernos el micrófono en la boca -somos 10 mil extasiados los que coreamos-. Luego, con la tan gloriosa y tan mortal Seven Nation Army aniquila toda forma de vida. Y no nos importa si esta muerte nos duele, ya lo dijo alguien hace muchos pasados: “Morir es haber nacido”. Así cualquiera, loco, así encantados.

Por Martín Rodríguez Rey

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