Patti Smith escribe formas de coral

Robert Mapplethorpe era un satélite de amor: su presencia tenía ese frágil encanto que doblega a cualquier pura sangre, blanco o negro. La primera mujer que amó fue a la poeta Patti Smith, cuando a Patti aún nadie la quería y no hacía rock, cuando no tenía ni la mitad de un dólar en el bolsillo. Era 1970. La farsa funcionó no mucho más que poco; la intención del hombre era casarse y hasta comunicó el compromiso a sus padres. En el ínterin Robert le tomó algunas fotos con una cámara prestada por una chica del Chelsea Hotel. Vivían en la habitación 1017. Pero Patti había comenzado una relación con el escritor Sam Sephard, mientras que Robert, confortablemente derrumbado, le anunciaba que si lo dejaba se haría gay. El acting fue el preámbulo perfecto para el resto de sus vidas.

Ya con Éramos unos niños, el libro de 2010 que detalla su vida junto a Mapplethorpe, en el que además guarda como en una pecera el río del tiempo de la New York de los años 70 y el devenir de sus respectivas aptitudes artísticas, Patti impulsa y exalta su júbilo y su amor por el fotógrafo. Allí nos enseña, también, el arte de ver la historia de uno mismo. Pero, quince años antes, esa misma motivación tenía otra fuerza, la del mar. Y en El mar de Coral (1996), libro de poemas que la editorial Lumen puso hace pocos días en los estantes de nuestras librerías, revela en susurros simples y minuciosos un secreto: bajo qué amorosa conjunción de astros nació la mutua y valiente adoración entre ella y su amigo.

Por Martín Brossard

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